Los nuevos revolucionarios


Por José Luis Briones, Presidente de Alquimia Emprendedora. Profesor de la Business School de la Universidad Antonio de Nebrija.

Publicado en: http://www.ejecutivos.es/noticia.asp?ref=9004

“¿Cuántas inquietudes dejó en este camino Anita Roddick, la fundadora de The Body Shop, antes de ser absorbida por L’Oreal?, ¿a cuántas personas demostraron los amigos Ben y Jerry, que era posible crear una empresa diferente, en la que los sueños materiales sólo se podían cumplir si en paralelo también se cumplía el sentimiento de que el mundo era mejor gracias a su Empresa?

Lea completo este artículo y tome una decisión. Al final le digo cual.
Así que, ¿qué hay que hacer? Fácil: deshacerse de las empresas convencionales.
Derribarlas. Acordonar la zona. Levantar barricadas. Derrocar las estatuas de los héroes que ya hace demasiado tiempo que no están entre nosotros.
¿Suena familiar, verdad? Y es que el mensaje ha sido siempre el mismo, desde mayo del 68 en París hasta el muro de Berlín, desde Varsovia a la Plaza de Tiananmen: ¡libertad y rock and roll!Así que abramos las ventanas, dejemos entrar aire nuevo y subamos el volumen de la música a tope, para que todo el mundo se entere.
Lamento desencantarle, pero éstos párrafos no son míos (ya lo quisiera). Pertenecen a uno de los textos, relacionados con el mundo de la empresa, más significativos, para mí, de este siglo: El manifiesto Cluetrain, publicado en España por la aséptica Editorial Deusto.

¡Levantar barricadas!
, es un grito que está en lo más profundo de nuestros corazones, ¿hasta cuando vamos a seguir trabajando y viviendo con la idea de creernos hipócritamente que nuestra función como empresarios, como directivos, como emprendedores, se limita a crear riqueza económica?
¿Hasta cuándo vamos a seguir dejando que –parafraseando a nuestro Miguel de Unamuno– sean los “los bachilleres, curas, barberos, duques y canónigos”, los que se lleven los beneficios morales de nuestro esfuerzo, los resultados de nuestros compromisos?
Reducir nuestra función a la puramente económica, es ignorar el papel dinamizador que tenemos de la sociedad, es desconocer que no se puede separar riqueza económica, de riqueza humana y de riqueza social. Hablamos hoy, ponemos un enorme énfasis, en que la principal ventaja competitiva es la innovación, olvidando que para que ésta exista se hace imprescindible que en las estructuras en la que debe desarrollarse la creatividad debe haber algo fundamental: libertad.
Pero, ¿qué es la libertad? Es mucho más que “hablar”, incluso mucho más que “hacer”. Por encima de todo, ser libre implica la capacidad de ser autónomos en el pensamiento, y especialmente tener el coraje de asumir nuestro propio destino como personas.
No puede haber innovación sin libertad, y no puede haber libertad sin sentir que tenemos la enorme responsabilidad de nuestros actos, de nuestros compromisos, de nuestras metas. Esto implica un ser humano totalmente diferente al que la sociedad industrial creó, como respuesta a sus propias necesidades.
Ignorar esto, no sólo implica cercenar nuestra capacidad competitiva, reduciendo nuestra innovación, sino que por encima de todo, implica seguir delegando nuestra vida en “los bachilleres, curas, barberos, duques y canónigos”, o lo que es lo mismo: financieros sin escrúpulos, empresas sin alma y publicistas vendidos al mejor postor.
No sé en qué grupo se encuentra usted, amable lector, amable lectora. Pero sí sé en cual me encuentro yo: en los que levantan barricadas contra las estructuras – formadas por personas con rostro, no lo olvidemos– que creen que la clave del desarrollo de una empresa es cuantos beneficios aportan a sus accionistas, dando la espalda al coste social y humano que estos han generado.
Suena a retórica, pero no lo es. “Un fantasma recorre Europa”, afirmaban en su Manifiesto Comunista, los viejos veteranos Marx y Engels; de igual forma podríamos decir hoy que “un nuevo fantasma recorre el mundo”, alterando nuestras conciencias, desestabilizando nuestras estructuras, obligándonos a cuestionar nuestras creencias.
Es el fantasma de la libertad.

Y cientos de empresas han iniciado su andadura con este sentimiento: nuestra función como tales es aportar valor a la sociedad, nuestro sentido como estructura es conseguir que todos los seres humanos que se integran asuman la responsabilidad de desarrollar al máximo sus posibilidades, nuestro papel como entidad social es conseguir que el mundo sea diferente a través de nuestra aportación.

Es decir: empresas que han nacido con el sentimiento de que los beneficios económicos son sólo legítimos si son la consecuencia del valor aportado a la sociedad. En otras palabras: solo merecemos ganar dinero si conseguimos que el mundo sea mejor.

Son los nuevos revolucionarios. Emprendedores capaces de definir su función, como tales, mas lejos de los resultados del balance, jóvenes apasionados con su misión, personas con una visión de la vida que va mas allá, mucho más allá, de la limitada visión economicista que los burócratas de turno intentan imponemos.

¿Qué donde están? Las tenemos a nuestro alrededor. Se llaman Google, El Bullí, Irizar, Mercadona, Inditex, The Body Shop, Gorex, Semco, Patagonia…etc. Están, pero las ignoramos.

No queremos verlas, pese a que las sentimos a nuestro alrededor. No queremos verlas, porque reconocer su existencia vital, nos desestabiliza, nos lleva a cuestionar nuestras “verdades absolutas”, esas que nos dejan tranquilos, porque nos permiten justificar la delegación de nuestras responsabilidades en estructuras ciegas, que “saben lo que tienen que hacer” para contentar a sus accionistas.

Esas empresas ciegas que nos piden fidelidad, pero que entienden que “los beneficios justifican muchos comportamientos” –voy a ser comprensivo y no digo “todos”– que atentan a la dignidad de las personas. Y no hablo ya del hambre y del dolor. Hablo de la alienación, del pensamiento único, de la masificación como sistema, de convertir la vida en una serie de compartimentos estancos, en las que se separa la creación del disfrute de la misma, la libertad de la innovación, la solidaridad de los resultados, el “ser” del “hacer”.

Los resultados son una sociedad frustrada, en la que la máxima aspiración es que los días pasen sin alteraciones y, especialmente, tener la seguridad de que el resto de nuestra vida, va a ser una constante lineal.

Y contra esta sociedad surgen las nuevas empresas. Soy consciente de mi idealismo. ¿Dónde está la realidad de The Body Shop, integrada en una multinacional como es L’Oreal? ¿Dónde han ido a parar los sueños de los fundadores de Ben&Jerry’s, absorbidos por Lever? Probablemente hayan desaparecido, difuminados en una estructura que como un gigantesco Gargantúa, devora sin digerir, todo aquello que se le pone por delante.

Pero no importa, evitemos que estas posibles verdades nos tranquilicen bajo la cínica expresión de “es inútil, al final todo sigue igual”. Seamos valientes… no importan los resultados, lo que importa es el camino.

¿Cuántas inquietudes dejó en este camino Anita Roddick, la fundadora de The Body Shop, antes de ser absorbida por L’Oreal?, ¿a cuántas personas demostraron los amigos Ben y Jerry, que era posible crear una empresa diferente, en la que los sueños materiales sólo se podían cumplir si en paralelo también se cumplía el sentimiento de que el mundo era mejor gracias a su Empresa?

Bien, muy probablemente a la larga todo seguirá igual, pero será aparentemente. En el proceso de creación y consolidación, han dejado, estas empresas, las semillas precisas para poder preguntarnos si la única función de una empresa es obtener beneficios. Ya es algo, mucho para mí.

El filosofo chileno Fernando Flores ha definido al emprendedor como “un creador de historia”. Maravillosa definición, que refuerza el también chileno Carlos Vignolo, junto al argentino Juan Carlos Lucas. Tres profesionales comprometidos con una visión de la empresa que ha dejado de ser una teoría.

Tomemos el ejemplo más paradigmático para mí: Google.

¿Qué es Google?, es evidente la respuesta, la confirmamos día a día con el uso de sus servicios. Pero reducir esta empresa a la definición de que es un buscador, incluso el mejor, es seguir reduciendo el papel de la empresa al puramente económico.

Google es el testimonio vivo de lo que se puede crear a partir de valores y compromisos (si, incluso con el derecho al error, como en muchas de las empresas ya nombradas). No voy a caer en lo que considero sería demagógico, afirmando que el crecimiento de esta empresa es debido a éstos, pero si puedo atreverme afirmar que su capacidad para conseguir profesionales de primer nivel (incluso cuando no eran nada) si es debido a ésto.

Le dejo a usted decidir hasta qué punto su crecimiento no se ha debido – y en qué porcentaje – a esta capacidad de atraer a los mejores.

Por razones profesionales escucho en decenas de foros que no hay suficientes emprendedores. También sufro, directamente y en esta crisis que vivimos, las consecuencias de otra realidad: la baja capacidad competitiva de nuestras empresas.

Lo que me sorprende es que los profesionales que hacen estas afirmaciones –en muchos casos profundamente comprometidos con el desarrollo de la cultura emprendedora, y en otros casos con el incremento de la capacidad competitiva de nuestras pymes– no se cuestionen el porqué. Me alucina comprobar cómo la solución que se aporta a estas dos barreras para el desarrollo, pocos emprendedores y baja capacidad competitiva, se soluciona con las mismas recetas que ya han demostrado su reducida eficacia: subvenciones y formación lineal, es decir, crear gestores, en lugar de empresarios.

Y ésto es al margen de los numerosos nuevos experimentos, con contenidos diferentes, programas distintos y nuevas tecnologías. En el fondo el paradigma con el que se aplican estas diferencias es el mismo: crear gestores en lugar de emprendedores, innovar sin cambio en la forma de pensar, crear sin fomentar estructuras en las que los miedos –entre ellos al fracaso– desaparezcan.

Tenemos, si queremos crecer y especialmente para los tiempos que corren salir de la crisis, que estimular nuevas razones para asumir la vida como un desafío. Soy consciente de la realidad que viven estos profesionales, vinculados en la mayoría de las veces a Cámaras e Instituciones Oficiales, la vivo aunque sólo sea en su mirada cuando me escuchan: estas fuera de la realidad José Luis, los emprendedores lo único que quieren es “ganar pasta” y “una subvención”.

De sobra sé que esta realidad, es real. Valga la redundancia. Pero hay otra realidad, que muy probablemente ellos no viven porque los emprendedores que la forman ni buscan subvenciones, ni se mueven por el único interés económico. En consecuencia ni van a las Cámaras, ni van a buscar ayuda a instituciones.

Y si bien estos profesionales pueden afirmar con certeza “su realidad”, yo también puedo afirmar con igual certeza la “realidad de la mía”. Hay cientos de emprendedores con un profundo sueño: convertir su vida en un reto permanente a sus posibilidades, hay cientos de emprendedores cuya principal motivación es poner en marcha una idea, sentir que su esfuerzo tiene un sentido que va mas allá de los resultados económicos, los veo en los coloquios de mis conferencias, los veo –no digo que los siento, digo que los veo…es decir los toco, los palpo, son físicamente reales– en los pasillos comentando lo que han aprendido en un seminario, o en un taller, recibo decenas de mensajes compartiendo sus sueños… también su soledad.

El problema es que no tienen dónde acudir sin el riesgo de sentirse juzgados como “locos que están fuera de la realidad”. Lo están, realmente lo están… y por ésto son los únicos capaces de cambiarla.

Precisamos revolucionarios, precisamos estimular un carácter de cambio radical, única base para fomentar una innovación que realmente genere nuevas oportunidades. Precisamos difundir en las empresas una visión de que su papel es transcendental para crear una sociedad motivada por el sentimiento de que gracias a nosotros el mundo es mejor, solo así daremos razones para innovar, para competir, para crear.

Afirmamos que vivimos en una época de grandes cambios. ¿Cómo podemos ser tan cínicos, o quizás cobardes, para desconocer lo que esto realmente significa?, ¿podemos afrontar estos cambios drásticos con la misma forma de pensar del siglo XX?

Si es la hora del cambio, empecemos por nosotros mismos: ¿para qué crear una empresa?, ¿merece la pena crearla para ganar SÓLO dinero?

Usted tiene las respuestas. Son suyas, asúmalas con todas sus consecuencias, porque son las únicas validas.

Un fuerte abrazo.

Ayúdeme a despertar a los revolucionarios que tenemos entre nosotros. Si le ha gustado este artículo, compártalo con sus amistades”.

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